Entre la fe y la política.

Por Ariel Romero.

Cuando la fe y la política entran en conflicto

público:

¿silencio, influencia o manipulación?

Cada vez que el debate público se intensifica, especialmente en tiempos donde el ser

humano está siendo instrumentalizado, surge una pregunta inevitable:

¿debe la fe involucrarse en la política o mantenerse al margen?

Para algunos, la fe pertenece exclusivamente al ámbito privado o religioso. Para otros,

debe tener un rol determinante en las decisiones públicas. Entre ambas posiciones

existe una tensión constante que pocas veces se analiza con serenidad. En ese punto

intermedio nace esta columna: el espacio donde la fe y la política dialogan, se

confrontan y se cuestionan.

La política se encarga de administrar lo público: leyes, recursos, poder y decisiones

que impactan a toda la sociedad.

La fe, en cambio, aporta valores, forma conciencia y ofrece una mirada ética sobre la

conducta humana.

El conflicto aparece cuando los límites se diluyen: cuando la fe pretende actuar como

ideología política o cuando la política se reviste de lenguaje religioso para ganar

legitimidad.

Desde una mirada histórica y ética, Jesús de Nazaret no ocupó cargos públicos ni

promovió proyectos de poder. Sin embargo, tampoco fue indiferente ante la injusticia.

Denunció abusos, corrupción, confrontó estructuras opresivas raciales y de clase y

colocó la dignidad humana en el centro. Su mensaje no fue partidario, pero sí

profundamente de libertad, comunitario y social.

Por eso, la fe no está llamada al silencio, pero tampoco a juzgar menos a la

manipulación. No puede convertirse en bandera partidaria ni electoral ni en

mecanismo de presión espiritual. Cuando se usa para justificar ambiciones, pierde su

esencia y se transforma en instrumento de poder.

Al mismo tiempo, la fe auténtica no puede ignorar la corrupción, la desigualdad, la

exclusión o la mentira institucionalizada. Callar frente a la injusticia también es una

forma de tomar posición.

El debate de fondo no es si la fe debe influir en la vida pública, sino cómo hacerlo:

¿desde la imposición o desde el testimonio?,

¿desde el miedo o desde la verdad?,

¿desde el interés personal o desde el bien común?

Esta columna no busca promover partidos ni atacar ideologías. Su propósito es invitar

al discernimiento ciudadano y recordar que ningún proyecto político puede asumirse

como absoluto. Toda propuesta pública debe ser evaluada a la luz de principios éticos

esenciales: justicia, dignidad humana y responsabilidad social.

Entre la fe y la política existe una línea delgada.

Caminarla exige convicción, madurez democrática y compromiso de una nación y el

bien común.

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